Por Orlando Barone

Están los dinosaurios de los museos de Ciencias Naturales, los de Steven Spielberg de computadora, los de Susana Giménez todavía estúpidamente vivos, y están los dinosaurios argentinos casi extinguidos pero aún rabiosos. La presidenta dijo que las amenazas que recibió en la radio del helicóptero provienen de “dinosaurios”. Debe de haber reparado en que el lenguaje amenazante que habló de matar a la “yegua” y al “pescado” contiene un estilo zoológico también familiar a los gorilas políticos. Ambas- dinosaurios y gorilas- son especies autóctonas naturales en la derecha. Ese es su hábitat preferencial y fanático. Y no es que un progresista no pueda ser un animal cualquiera de la fauna, al contrario: hasta puede ser un animal mutante según la Ley de Darwin. Pero nunca sería un dinosaurio ni un gorila: que son entusiastamente de derecha. Aunque últimamente en la era K, o la del Matrimonio o – según quiera llamársele- hay animales democráticos que por diferenciarse del peronismo, de tanto irse a la izquierda terminan en la selva por la derecha cohabitando por inercia con dinosaurios y gorilas. Ojalá no se pierdan por llegar lejos. El paleontólogo pionero Florentino Ameghino encontró, en las profundas napas criollas, un gran yacimiento de osamentas bestiales. En el río Limay, en Neuquén, fue hallada una de las más grandes de la prehistoria: de cuarenta metros de largo y 100 toneladas. El “terrible lagarto” es tan argentino que la ciencia planetaria lo designa como Argentinosaurus. No hay que extrañarse entonces del reciente caso de los gruñidos radiales y furtivos. Estos rancios ejemplares de “argentinosaurus” mediante actos reflejos y nostálgicos, juegan el simulacro de usurpar el Estado; ya que lo necesitan otra vez como propiedad y hábitat. Para reducirlo, enajenarlo y desaparecerlo. Por eso no hay que ilusionarse con que el último dinosaurio y el último gorila se vuelvan al museo: puesto que se reactivan cíclicamente porque los grandes medios les proveen su sustento. Y sean herbívoros, carnívoros u omnívoros renuevan sus escamas, sus pelos y sus odios bestiales. Son argentinos, aunque presumen serlo más que toda la fauna. Y mientras acechan y conspiran, tras las parvas de soja y las bobinas de Papel Prensa, se mueren por cantar a cada rato el himno y de paso escandalizarse de la pobreza. Dinosaurios y gorilas nunca faltan en nuestro bestiario político.

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