Las organizaciones armadas de los setenta revolucionaron, entre otras cosas, las relaciones familiares en diversos aspectos. Un trabajo de investigación sobre estas transformaciones en el caso de la organización político-militar Montoneros me ha permitido, a partir del análisis de testimonios y otras fuentes, vislumbrar las propuestas revolucionarias que en el seno de esta organización tuvieron lugar, cuáles pudieron plasmarse en prácticas concretas y cuál fue el destino que esos cambios tuvieron con el transcurso de los años.

Distintas organizaciones compartieron aspectos éticos, ideológicos y morales; aun así, cada una tuvo sus particularidades. En el caso de las relaciones familiares y los roles materno y paterno, existieron distintas posturas acerca de la procreación en medio del clima reinante. En Montoneros no hubo una postura única sobre tener o no tener hijos mientras se desarrollaba la militancia. La cuestión varió según el contexto y los subgrupos. Como no se estableció un mandato al respecto, los militantes debieron adoptar, según sus propios criterios, diversas decisiones. De todas formas, se puede afirmar que en general –y en contraposición con otras organizaciones– los militantes de Montoneros conjugaron paternidad y maternidad con la práctica militante.

En la mayoría de los casos, el conocimiento sobre métodos anticonceptivos era prácticamente nulo. Aun cuando se fomentó la postergación de la procreación, no hay datos que confirmen que se haya adoptado una política de educación en salud reproductiva. Sí, en algunos casos, se criticó el hecho de “no haberse cuidado”, pero no se daban directivas de cómo hacerlo. La excepción se encuentra en el contexto de entrenamiento militar realizado en el exterior, en aras de la Contraofensiva.

La ascesis católica del grupo fundacional de Montoneros puede ser una de las variables que permitan explicar la falta de control de la natalidad, aunque –como todo hecho social– debemos asumir que el fenómeno es multivariable. Otras tendencias que responderían a esta situación se enmarcan en el mandato social de procrear, y de hacerlo a cierta edad, que pesaba sobre los militantes; también en el sentimiento de dar vida en un contexto de muerte, como forma de contrarrestar ésta; y, al mismo tiempo, en función de asumir un proceso a largo plazo, los hijos significaron en algunos casos una garantía de continuidad del proyecto emprendido.

Debe reconocerse un especial afán, principalmente entre las mujeres, por romper con ciertos mandatos sociales, con énfasis particular en aquellos referidos a la familia y los roles de género, los comportamientos femeninos esperados y los espacios socialmente habilitados a las mujeres.

Pero, en ciertas circunstancias, por razones de seguridad y buscando la “mimetización” con el entorno, debieron, aun contra su proyecto e ideología, reproducir estereotipos sociales, sobre todo en cuanto a relaciones de género y cuestiones domésticas. Algunas veces estos estereotipos del imaginario social sirvieron como herramienta, y las diferencias de género se explotaron estratégicamente. Por ejemplo, una apariencia femenina “corriente” brindaba cobertura en operativos o acciones. Sin duda, esta ventaja no contrarresta las desventajas sociales que se les imponían.

En otras ocasiones, aun bajo circunstancias propicias para romper con aquellos mandatos que se contraponían a la ideología de la organización y, fundamentalmente, a su propuesta de sociedad y vida, enmarcados en la idea del Hombre Nuevo, pese a los avances logrados y a pesar de los nuevos comportamientos practicados, los militantes de Montoneros no pudieron escapar de los roles configurados social e históricamente, contribuyendo a la reproducción de las mismas prácticas criticadas, en especial en las relaciones de género y –mayormente– en cuestiones domésticas. Esto sucedió con la responsabilidad que suponía la paternidad, de forma diferencial a lo que se esperaba del rol materno, y en muchos casos se limitó a las compañeras, como sujetos en general y como militantes en particular, relegándolas y sobrecargándolas.

Sin duda, las mujeres pudieron romper los moldes sociales impuestos según género en mayor medida que los hombres. Para ellos era más cómodo el mantenimiento del orden vigente porque, a nivel individual, se supone que en la asimétrica relación de género que socialmente se establece y promueve, son ellas quienes tienen un lugar subordinado y de mayor explotación y menor libertad, lo que inclina la balanza a favor de los hombres. Entonces, las mujeres modificaron o actualizaron a su circunstancia social y política el rol femenino, tomando de arrebato espacios históricamente masculinos, asumiendo comportamientos y responsabilidades tradicionalmente reservados a los hombres, lo cual supuso en general un agregado a las responsabilidades corrientes de las mujeres, que no fueron socializadas por los hombres.

Los hombres y las mujeres militantes de Montoneros, muchos de ellos padres y madres, jóvenes en su gran mayoría, experimentaron una novedosa organización social en el interior de sus núcleos familiares y en la organización como núcleo mayor.

Supieron establecer condiciones más igualitarias para todos, independientemente del género u otras variables. Pusieron en marcha roles más equitativos para ambos miembros de la pareja, también en lo que respecta a las responsabilidades que los hijos implican.

Casi de forma tendencial, ante el “fracaso” o “desarme” del proyecto que los aglutinaba, todo volvió “a la normalidad”, como si nunca hubieran podido superarse, como si las transformaciones y los cambios propuestos y vivenciados sólo los hubieran atravesado momentáneamente, sin dejar huellas, o sólo dejándolas como recuerdos.

En el interior de la organización –no ya a nivel de pareja o familia– en general se vivió una igualdad de género, que en algunos contextos supuso un mayor esfuerzo para las mujeres por las diferencias biológicas y culturales que los cuerpos de hombres y mujeres llevan inscriptas, sobre todo en la práctica militar. En ningún caso esas diferencias se vivieron como deficiencia o discapacidad, sino que se asumió y enfrentó esa realidad.

Sólo en relación con los rangos y espacios de toma de decisiones algunos recuerdan diferencias de género, pues éstos eran hegemonizados por hombres. Se debería investigar si esto respondía a una postura ideológica y/o a una subestimación de las capacidades de las militantes, como otras posibles explicaciones.

En última instancia, podemos afirmar que en la organización regía la igualdad de género y las relaciones equitativas. Pero, en definitiva, debemos recordar que estos militantes, por más revolucionarios que fueran, competían contra una tradición social en la que ellos mismos estaban inscriptos y, como sujetos sociales, estaban sometidos a patrones de comportamiento y roles establecidos que muchas veces no son fácilmente reconocibles, sino que se entretejen en infinidad de elementos simbólicos que encuentran respaldo en instituciones sociales que los legitiman.

En relación con la responsabilidad materna y paterna respecto de los hijos, es preciso recordar que nuestra visión sobre ésta está teñida por nuestra experiencia actual. Debemos reconocer las transformaciones y los avances que se han dado a nivel global en lo referente a este tema. Ahora bien, situándonos en tiempo y espacio, podemos decir que los militantes de Montoneros –como también sucedió en otras organizaciones– revolucionaron la figura paterna.

Asumieron más su responsabilidad y su importancia en la crianza de los hijos. Los avances de la ciencia, especialmente de la psicología –y de ésta tenida en cuenta por la medicina– fomentaron estas transformaciones. Poco a poco, los hombres fueron abandonando esa actitud rígida y hostil a todo lo que pudiera relacionarse con lo “sentimental”, corrientemente asociado a la femineidad. Esta tendencia iniciada algunos años antes fue de gran utilidad para dar lugar a la práctica de la equidad y la igualdad en el interior de las parejas. La práctica de socializar en todos los aspectos de la vida propició esas relaciones más equitativas, desde la colectivización de lo material hasta la socialización de cuestiones más simbólicas como roles y responsabilidades. Está claro que no podemos pretender que algunos años fueran suficientes para desterrar aquello que se forjó durante siglos. Las marcas y las ataduras que caracterizan a los sujetos sociales son difíciles de quitar. Un sector de una generación lo intentó, le dio cuerpo y realidad a un ideal, a un discurso. Si esto fuera una batalla simbólica, de lo nuevo contra lo viejo por decirlo sencillamente, podríamos afirmar la derrota de los retadores; pero prefiero pensar, como el filósofo Rubén Dri, que aquella experiencia dejó el germen de la transformación, de la superación y de la igualdad como guía de todas las relaciones humanas.

Quizás podamos encontrar en esta experiencia la semilla de algunas transformaciones que en la actualidad podemos evidenciar si comparamos la organización social de ciertos sectores y grupos, y el alcance de ciertos derechos por parte de algunas minorías. Por supuesto, éstas son sólo hipótesis que merecen y deben ser contrastadas con la realidad.

El nivel de adhesión a la organización y a sus postulados responde a la apropiación que los militantes hicieron de los valores y modelos que ésta proponía. Bajo la concepción de construir un Hombre Nuevo y una sociedad nueva para él, los militantes encontraron un marco moral que les permitía no sólo imaginar y proyectar ese ideal, sino intentar construirlo a partir de la práctica cotidiana. Hubo, en general, plena conciencia de que la idea era utópica y su concreción demandaría largo tiempo, pero que su encarnación en aquel presente era necesaria para alcanzar aquella meta, predicando con el ejemplo para contribuir a un modelo que debía moldearse en la cotidianidad. El retorno a la democracia significó, para muchos que vivieron aquellos intentos transformadores en carne propia, un retroceso, una vuelta a foja cero, como si nada hubiera pasado en el medio.
El sabor amargo de no haber alcanzado lo que se propusieron, ese proyecto de sociedad, se vuelve más doloroso para quienes pese a haber sentido que en el interior de sus familias vivieron como “proto”hombres nuevos, que sí intentaron ejemplificar con sus propias vidas la sociedad que pretendían para el conjunto, también retornaron a una situación acorde al orden hegemónico que intentaron cambiar.

Podemos señalar entonces que Montoneros, bajo la propuesta y concepción de un Hombre Nuevo y una sociedad nueva, como proyecto a alcanzar, como fin de la militancia integral que se asumía, permitió a los militantes, a partir de los valores que se promovían, experimentar relaciones sociales, y entre ellas relaciones de género, más igualitarias y equitativas, comparativamente hablando en relación a la sociedad argentina de aquella época. Ciertos aspectos de los mandatos sociales, del imaginario social y de las representaciones sociales que estructuran las subjetividades no lograron superarse, o reaparecían, volviendo a la tradición que se intentaba cambiar.

Los logros en las experiencias individuales parecen haber sido muchos y gratos. A niveles más macro podemos aceptar la hipótesis que sostiene que los tiempos no fueron suficientes para socializar esa experiencia, y hacer masiva la adscripción a esos valores que darían lugar a estructuras y prácticas sociales más igualitarias y equitativas.

Es necesario reconocer el poder de las marcas sociales que los sujetos llevan inscriptas en sus subjetividades si en algún momento pretendemos intervenir en la sociedad y sus relaciones. Tener conciencia de las amarras que la sociedad nos provee parece ser condición necesaria –y seguramente no suficientepara quien quiera proponer des-sujetar a los sujetos sociales en cualquier proyecto de transformación social.

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