Por Enrique Manson

Terminaban 17 años de exilio en los que había fracasado la intención de borrar al peronismo. Del presente y de la Historia.

Hubo en el mundo muchas persecuciones políticas. Los perseguidos sufrieron proscripción, cárceles, torturas y muertes. El algunos casos se llegó al genocidio, que la Argentina padecería pocos años después.

Al pueblo peronista no se le ahorró ninguno de esos calvarios.

En la escuela secundaria se enseñaba la materia Educación democrática, en la que los argentinos oyeron hablar de la Segunda Tiranía, que no era otra que el gobierno elegido en la forma más democrática de nuestra historia. (Fueron muchos los que entonces se hicieron rosistas. Si la 2ª había sido tan buena, seguramente la primera, la de Rosas, había sido igual).

El decreto militar 4161 condenaba a cárcel y al pago de multas a quien pronunciara las palabras Perón, Evita, justicialismo, y otras.

Los generales nacionalistas que acompañaron a Lonardi compartían la posición independiente del Tirano frente a los Estados Unidos y creían, a su manera, en la justicia social. Para ellos, Perón se había desviado del verdadero programa por su megalomanía. Había que reconstruir la alianza del ’45 con sindicatos desinfectados, y practicar un Peronismo sin Perón.

El 13 de noviembre de 1955 se pudo ver que el proyecto no funcionaría, y Aramburu y Rojas proscribieron el Partido Peronista, intervinieron la CGT y fusilaron a los contrarrevolucionarios del general Valle.

Aramburu fracasó, y lo sucedió Frondizi con los votos de los proscriptos después de pactar con Perón. Su integracionismo proponía un negocio equitativo: los peronistas, pondrían los votos, mientras el partido de Frondizi, ponía los gobernantes. Como los invitados no aceptaron, se volvió a la represión. En febrero de 1962, los tercos peronistas, con el nombre de fantasía de Unión Popular, volvieron a ganar las elecciones, lo que provocaría la caída de Frondizi por acción de sus tutores militares.

En las elecciones de 1963, volvió la proscripción, y ganó Arturo Illia, con un voto de cada cuatro, pese a lo cual quedaría en la historia como modelo de democracia. En 1966, los militares, ante el peligro de que tras las elecciones que debían realizarse el año siguiente se repitiera la situación de 1962, optaron por derrocar al presidente radical.

El dictador Onganía pareció encontrar la solución. La daría el tiempo con la muerte biológica del exiliado de Madrid. Pero el tiempo no le alcanzó y terminó desplazado por Alejandro Lanusse, entre puebladas y magnicidios.

Entretanto, el peronismo sobrevivía y crecía en territorios sociales hostiles. Buena parte de los sectores medios, que en 1955 habían sido antiperonistas, se estaban convirtiendo. Sobre todo los jóvenes, creían encontrar en el viejo líder nacionalista y en su base popular el paradigma argentino de los movimientos de liberación que admiraban en países tropicales. Este realineamiento era acompañado por la popularización de la guerrilla y de la figura del guerrillero como modelo a seguir. Los militares argentinos, que desde tiempo atrás venían perfeccionándose en el Comando Sur del Ejército de los Estados Unidos o con veteranos de la guerra de Argelia, habían recibido la Doctrina de la Seguridad Nacional, y creyeron descubrir que la Tercera Guerra Mundial había llegado a la Argentina.

Lanusse supuso que ante el nuevo peligro había que reconocer la existencia del Tirano prófugo para alejarlo de los subversivos. Así, intentó sobornar a Perón con su busto en la Casa Rosada y el pago de sus pensiones adeudadas. Cuando se produjo la devolución del cadáver de Evita, Perón sintió el impacto, pero se rehizo y terminó regresando al país y volviendo a la presidencia donde, por fin, perdería la vida.

El peronismo había sido una alianza de sectores sociales en la que la armonía superaba la lucha de clases. Pero los sectores medios –los políticos, los militares, los intelectuales y aún los dirigentes sindicales del movimiento- disminuyeron su compromiso en las horas de la prueba. No ocurrió así con los trabajadores. Tal vez la frase “vayan a cobrarle a Perón” que muchos patrones habían empleado, fue lo que decidió a muchos a “ir a cobrarle” al coronel en la Plaza de Mayo. Cuando las condiciones de vida y de trabajo se endurecieron tras la caída del tirano, los trabajadores no tuvieron dudas. El peronismo era su movimiento. El que los había hecho vivir tiempos mejores y protagonizar la política como no ocurría con ningún proletariado del continente.

Esta naturaleza explica su supervivencia. La resistencia tuvo un protagonista colectivo, a partir de su identidad cultural y social. Y también de causas concretas como el deterioro de las condiciones de vida y de trabajo de los asalariados, y su exclusión de la política. Yo nunca estuve en política, siempre fui peronista, dice el personaje de Osvaldo Soriano. Las mismas palabras escuchamos en un acto recordatorio de Reynaldo Benavides, sobreviviente de los fusilamientos de José León Suárez. Es que ser peronista era, ante todo, una identidad, como ser negro en el África del apartheid o ser musulmán chiíta entre los seguidores de Khomeini, en épocas del Sha.

El avión negro se llamaba Verdi

Hasta muy avanzado el proceso del Retorno, Lanusse, y la camarilla militar no creyeron que fuera más que una bravata. Sin embargo, el Líder viajaba a Roma y se reunía con la delegación que lo acompañaría en el avión de Alitalia Giuseppe Verdi, en Buenos Aires los militares, y Lanusse el primero, oscilaban entre el desconcierto y la furia asesina. “A mi la negrada no me va a hacer otro 17 de Octubre”, le habría dicho el presidente a Antonio Cafiero. Eduardo Massera le dijo a un periodista:

“-Si se atreve a venir le tiramos el avión abajo.”

Pero se atrevió. El 17 de noviembre, pese al enorme operativo de seguridad que impidió a los miles de partidarios que lo recibieran en Ezeiza, Perón aterrizó en territorio argentino

La movilización, conducida por la JP, fue acompañada por un intento de sublevación de algunos cuadros de la Infantería de Marina, la fuerza más gorila del arma más gorila, encabezados por el guardiamarina Julio Cesar Urien, en la Escuela de Mecánica de la Armada. Ni siquiera estaban seguros de quienes podían ser considerados los más seguros

Cuenta Miguel Bonasso en El presidente que no fue que aterrizado el Charter, ascendió el comodoro Salas, a quien Perón comenzó a llamar “brigadier”, para incomodarlo:

“-Usted puede descender acompañado, únicamente, por tres personas. Deberá dirigirse directamente al Hotel Internacional. Puede optar también por permanecer en el avión o regresar. Le ruego manifieste cuál es su decisión.

Perón puso en pie su metro noventa.

-No, no, vamos a bajar. Si no, ¿para qué vinimos?”

Después de pasar la noche en el Hotel, con una ametralladora apuntando a la puerta de salida, al amanecer del 18 lo abandonó y se dirigió a su casa de Vicente López.

Y Perón y su pueblo lograron reunirse esa mañana de noviembre, como dice la copla popular:

A pesar de las bombas,
de los fusilamientos,
los compañeros muertos,
los desaparecidos.

Después hubo inflación importada. Después hubo enfrentamientos internos. Después murió Perón.

Pero esa es otra historia.

Noviembre de 2011

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